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    Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional

    Print version ISSN 1997-4485

    Rev. Fuent. Cong. vol.9 no.36 La Paz Feb. 2015

     

    HISTORIAS DE ARCHIVOS, BIBLIOTECAS Y MUSEOS


    Origen y destino de mis libros

     

     

    Homero Carvalho Oliva *
    * Gestor cultural, escritor y poeta. Ha obtenido varios premios en cuento, novela y poesía dentro y fuera el país. Actualmente preside la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia.

     

     


     

     

    Para hablar de mi desaparecida biblioteca debo remontarme a los orígenes de mis lecturas y de mi oficio como escritor. Me inicié como escritor intentando cumplir una promesa y un supuesto destino. La promesa tenía que ver con mi tartamudez, de niño no podía hablar y me frustraba que no podía participar en las charlas de mis amiguitos contando cuentos de aparecidos propios de un pueblo amazónico como Santa Ana del Yacuma, Beni, donde nací; así que cuando supe escribir me propuse contárselos al papel. Esa fue mi venganza. El supuesto destino tiene que ver con mi nombre, Homero, yo quería creer que mi padre me había bautizado predisponiéndome a la literatura.

    Mi nombre, fue definitivamente una carga, tanto social como literaria. Homero es un nombre feo y de niño, mis compañeros de juego en mi pueblo, Santa Ana del Yacuma, me lo hacían saber, burlándose de mí, recordemos que los niños son crueles. Además nadie en el pueblo se llamaba así, no existía ninguna referencia familiar. Esa angustia me impulsó a preguntarle a mi padre porqué me había bautizado con ese nombre y él se excusó diciéndome que cuando aprendiera a leer y a escribir me lo explicaría. Y así fue, un día me trajo una versión infantil de La Ilíada y me aclaró que me llamaba Homero en homenaje al autor de esa obra, a partir de entonces me sentí orgulloso de mi nombre y pobre de aquel que me preguntaba el origen, le contaba la guerra de Troya y el viaje de Odiseo. Así se inició mi gusto por la lectura.

    Antonio, mi padre, fue una biblioteca andante, era un hombre culto e ilustrado como el hombre de un cuento de Ray Bradbury que estaba lleno de historias y siempre tenía libros a la mano. Por sus consejos leí a los clásicos universales: Aristóteles, Sócrates y Platón en la filosofía y Homero, Dante, Shakespeare y Cervantes en la literatura. Soy de la generación que creció leyendo al Boom latinoamericano que reinventó la literatura en lengua castellana, y recuerdo que, cada vez que lo visitaba en Trinidad tenía los últimos libros de García Márquez, Vargas Llosa, Carpentier, Rulfo, Borges, Cortázar, Amado, Onetti y los de poetas como Neruda, Vallejo, Hernández, Machado y Huidobro. También me enseñó a leer a los nuestros, a escritores y poetas como Juan B. Coimbra, Nataniel Aguirre, Augusto Céspedes, Franz Tamayo, Jaime Sáenz, Yolanda Bedregal, Raúl Otero Reiche, Adela Zamudio, Horacio Rivero Egüez y otros. Muchos años después, frente a mi primer libro publicado, hube de recordar aquella tarde remota cuando mi padre me llevó a su biblioteca y me entregó un libro de cuentos de Gabriel García Márquez. Santa Ana era un pueblo pequeño y yo había ido de visita, al leer una de las historias descubrí que las cosas que este autor contaba eran las mismas que yo veía en mi pueblo, y eso detonó al escritor que me habitaba como otra de mis múltiples personalidades y que, con el tiempo, se impuso sobre las demás.

    Si mi padre fue la escritura, los libros y los atlas, mi madre fue la naturaleza, el viento y las estrellas. Mi padre fue la sabiduría del agua de las civilizaciones de Moxos y mi madre es la sabiduría de la tierra amazónica. De ambos aprendí a leer y a escribir, como se debe aprender más allá de la escuela si quieres ser algo en la vida. Al morir mi padre, su biblioteca personal especializada en libros sobre el Beni, fue recogida por mi hermano Bolívar que la mantiene en su casa.

     

    Los libros propios

    Los primeros libros propios que tuve fueron los que me compró mi madre en el colegio. Si bien nací en Santa Ana del Yacuma, estudié en el colegio Don Bosco de La Paz, porque mis padres se separaron y mi madre se casó con un militar que nos llevó a vivir a la ciudad del Illimani, esa montaña tan hermosa que repite tres veces su hermosura. Allí en secundaria leí a varios autores nacionales: Carlos Medinaceli, Armando Chirveches, Franz Tamayo, Augusto Céspedes, Alcides Arguedas y otros; así como también a los autores del Boom latinoamericano. Recuerdo a un mal profesor de literatura y lenguaje que a los trece años nos obligó a resumir, en dos semanas, Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski, todo un crimen y castigo. Algunos de esos libros todavía los conservo en mis estantes y son de aquellos que nunca jamás voy a regalar a nadie, porque forman parte de mi historia personal, incluso tengo alguno que otro con románticas dedicatorias de juveniles enamoradas.

    Fue en la época de la universidad, a partir de 1976, que fui adquiriendo más libros para estudiar y por el disfrute de leer. Estudiaba sociología y leí a muchos autores de esa especialidad y como militaba en un grupo de izquierda me formé políticamente leyendo a Marx, Lenin, Gramsci, Trotski y a autores como Jorge Abelardo Ramos, Eduardo Galeano, René Zabaleta, Sergio Almaraz y otros. Esos años me convertí en un ladrón de libros, hasta que una hermana de una librería católica me atrapó intentando robar un poemario de Ernesto Cardenal y dio fin con mi prematura vida delincuencial. Sin embargo, no seguí con mis estudios de sociología y me dediqué a la literatura o por lo menos lo intenté y, como Dios los cría y el Diablo los junta, anduve con varios jóvenes poetas y escritores que entonces empezaban a escribir como yo lo hacía. En esos años, de vago y mal entretenido, conseguí lo que fue uno de los mejores empleos de mi vida. Resulta que un rico ganadero del Beni, conociendo que me gustaba la lectura me contrató para hacer su biblioteca en una amplia oficina que había alquilado por la calle México; la quería para jactarse ante sus amigos. Durante un par de meses fui llenando los estantes, colmando las paredes de libros y también pude costear mi propia pequeña biblioteca y de paso mis incursiones por las más infames tabernas.

    Así llegué a tener una pequeña biblioteca que con los años tuvo algunos miles de libros. ¿Cuántos? No lo sé. Después de casarme con Carmen Sandoval, nos fuimos a vivir a New York por unos años y tuve que dejar mis libros en varias cajas. Al volver muchos de ellos habían desaparecido y se encontraban entre los libros usados de la Avenida Montes, no sé si los que los vendieron fueron mis familiares o desconocidos, ya no importa. Las cajas que quedaban me las llevé a Santa Cruz donde radico desde el año 1994. En esta ciudad, cumpliendo un sueño de mi juventud de escritor que quería vivir del amor por los libros, instalé una librería, Torre de papel, y compré unos cientos de títulos para llenar los estantes y tener guardados en depósito para ir reponiendo los que se vendían; además de los que las importadoras me dejaban en comisión. La librería era pequeña y el auge de la piratería en el año 2000, hizo que se abrieran puestos de vendedores piratas a una cuadra de mi sueño y quebré.

    No me molesté y lo tomé con buen humor, pues los cientos de libros que quedaron fueron a incrementar mi propia biblioteca y yo deseaba tener una muy grande y surtida. Sin embargo, a veces no hay cosa peor que se nos cumplan los deseos y sucedió que como no tenía espacio en mi hogar (en Santa Cruz, por el calor, las casas tienen más ventanas que paredes) tuve que encajonarlos y guardarlos junto a otros que ya estaban en el depósito. Así fue que el depósito de mi casa quedó repleto de libros.

    Los años 2006 y 2007, viví en Sucre realizando una investigación sobre la Asamblea Constituyente y un día del 2007 que retorné a Santa Cruz, mi esposa, Carmen Sandoval, me comentó que muchas de las cajas se las habían comido los turiros y que había que botar los libros. Fui al depósito, revisé y solamente se habían salvado unas diez cajas de cerca de quince.

     

    El inicio de las donaciones

    Saqué las cajas a la acera y fui a buscar a esas personas que trabajan con carretas tiradas por caballos, para que se llevaran los libros y cuando una llegó y los vio, me preguntó si podía llevarlos a su casa, "quiero revisar si algunos se han librado del ataque de los bichos y de la humedad, porque tengo un estante vacío y quiero tener mis propios libros para leer y para que lean mis hijos", me dijo y yo quedé tan conmovido que me hizo sentir la mezquindad de almacenar libros, gracias a este humilde trabajador se me reveló que tenía que hacerlos llegar a quienes querían leerlos. Al día siguiente llevé varias cajas a la Biblioteca Pública Municipal de Santa Cruz de la Sierra y a partir de ese año fui donando a otras bibliotecas, como la del AECID.

     

    Volver a las bibliotecas

    En el año 2011, el elevado costo de los libros me hizo volver a visitar una biblioteca, a fin de buscar algunos textos literarios para estar al día con las publicaciones y con los

    autores. Primero fui a la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de la Sierra, para buscar libros de autores cruceños con el propósito de recopilar textos para realizar las antologías de poesía y de cuento que me fueron encargadas con motivo del Bicentenario cruceño.

    Después, para llenar el vacío de mis lecturas habituales, fui a la biblioteca de la Agencia Española de Cooperación (AECID), a la que hacía muchos años no pisaba. Me hice socio de la misma y, a los meses de visitarla con cierta frecuencia, me llevé la grata sorpresa de ver cómo construyeron un nuevo edificio para albergar la gran cantidad de libros que poseen. El Centro de Documentación y Biblioteca, como se denomina, es en Santa Cruz, desde hace varios años, un prestigioso referente bibliográfico que ya ha atendido a más de 350.000 visitantes. La mayoría de los usuarios son profesionales, seguidos de universitarios y estudiantes de secundaria y público en general como este servidor.

    Su fondo general de libros posee más de 15.000 ejemplares a disposición de los usuarios, con una gran variedad de temas. Su responsable, Marcelo Véliz, informa, amablemente, a los usuarios que la colección general está compuesta por obras que abarcan las diferentes áreas del conocimiento humano, con un especial énfasis en cooperación y desarrollo, en literatura, historia iberoamericana, historia boliviana, así como política, economía, derecho, administración pública, ciencias sociales y naturales, género, cine y arquitectura. Asimismo, posee un fondo de publicaciones periódicas, una completa selección de más de 100 revistas editadas en España, entre las que se destacan algunas de gran prestigio en el mundo literario y político como El viejo topo, Quimera, Letras libres y Litoral.

    Volver a la biblioteca ha sido, para mí, como un bálsamo, pues recordé la pequeña biblioteca de mi padre que, ahora, está cuidada por mi hermano Bolívar y mis juveniles idas y venidas a la biblioteca del Centro Boliviano Americano en La Paz, donde descubrí, entre otros escritores norteamericanos, a Ernest Hemingway, Ray Bradbury, William Faulkner, y leí el imperturbable relato Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. En el interior de las bibliotecas se respira la añeja tinta de miles de ejemplares de enciclopedias, diccionarios, novelas, poemas, cuentos y ensayos. Y si uno se deja llevar por el alma de las letras impresas, se puede sentir la presencia de uno que otro escritor paseando entre los estantes, comprobando si sus obras aún son leídas o si han sido condenadas al olvido. En vez de quejarnos de que no tenemos dinero para comprar libros, haríamos bien en volver a las bibliotecas.

     

    Las donaciones

    Un día del año 2013, una señora del Proyecto Solidario Don Bosco, me contactó por el Facebook y me pidió que iniciara una campaña para recaudar libros para el Hogar de acogida de niños de la Calle y le dije que lo haría con mucho gusto. Inicié la campaña en las redes sociales y en pocos días tenía un centenar de promesas, según ellas iba a tener miles de libros para donar y sucedió que el día antes de la entrega solamente tres personas me habían hecho llegar sus donaciones, haciendo un total de catorce libros. Yo, estaba decidido a no fallarles a los chicos del Hogar y consulté con mi familia la posibilidad de donarles gran parte de nuestra biblioteca y estuvieron de acuerdo. Todavía quedaban algunas cajas en el depósito y con los libros que permanecían por todo lugar de la casa logramos juntar unos cuatrocientos ejemplares y los llevamos con mi hijo Luis Antonio, fue muy gratificante ver la alegría de los niños cuando llegamos en dos autos con cajas repletas de imaginación.

    A partir de ese día, sucede algo prodigioso, pues todos los días aparecen libros en mi casa y cada semana tengo una o dos cajas listas para donar. Hay gente que viene y nos deja libros, otras que nos llaman para recogerlos o simplemente aparecen de no sé dónde. Se me ocurrió que tenía que llevar libros a las bibliotecas de barrio y así lo fui haciendo con las bibliotecas de El Pajonal, de Distrito 6, de la Morita y otras; además de el Municipio de El Puente, de Roboré e incluso publiqué el libro La poética de las aguas, 27 poetas del Beni y la edición completa la obsequié a la Casa de la Cultura del Beni y a la Biblioteca de San Ignacio de Moxos para que tengan fondos económicos para sus gastos cotidianos.

    El año pasado, organizamos una campaña sui generis con mis hijos Brisa Estefanía, Luis Antonio y Carmen Lucía, recolectamos ejemplares de El Principito de Antoine Saint Exupèry y mucha gente respondió positivamente y pudimos llevar varias decenas a la Biblioteca infantil para que reparta a sus filiales y se les lea a los niños este maravilloso librito.

    La última donación fue la que hicimos al Centro de rehabilitación de mujeres Palmasola, toda una experiencia conmovedora y gratificante. Resulta que una jovencita privada de libertad, me escribió por el facebook solicitándome que donara libros para el Centro de rehabilitación de mujeres Palmasola y, pese a que me había prometido a mí mismo que este año ya no organizaría donaciones, decidí hacerlo porque sentí que se trataba de una necesidad muy especial.

    El año pasado donamos muchos libros de nuestra biblioteca familiar y ya no me quedan muchos; sin embargo cuando se quiere se puede y logramos reunir algunas cajas y como la providencia siempre está atenta en las buenas empresas, se presentó Pilar Castedo, una amiga de mi esposa, Carmen Sandoval, y nos entregó la biblioteca de su fallecido padre. Coordiné la donación con la jovencita y el día convenido nos dirigimos al penal con nuestra preciosa carga. Bajo el desmedido sol cruceño, esperamos varias horas para ingresar; pero no nos molestamos porque sabíamos que las mujeres de adentro llevan años esperando ser liberadas. Por fin, nos dieron el permiso para ingresar y una señora metió las cajas en su "móvil", una carreta tirada por ella a quien ayudé a empujar porque realmente estaba pesada. Los libros pesan, ni duda cabe. Pasamos varios controles y al llegar al pabellón de mujeres se nos acercaron un par de policías curiosas por saber que había en las cajas; lo primero que revisaron fueron unas cajas de cerveza y al cerciorarse que estaban llenas de libros, novelas, poemas, cuentos, enciclopedias, diccionarios y revistas, una de las oficiales comentó bromeando: "son libros, para embriagarse con el conocimiento y el saber" y eso desató la euforia y se agolparon todas las policías a mirar las obras. Una de ellas me preguntó por una buena novela, abrí la caja que tenía a la mano y apareció El nombre de la rosa de Umberto Eco y se la entregué.

    Una vez adentro, nos esperaban tres internas, sonrientes y bellas; la jovencita de la iniciativa con cara de sorprendida comentó que pensó que, solamente, se trataba de una cajita con unos diez libros y luego nos ayudaron a descargar las cajas; las abrieron, se maravillaron con el contendido y nos agradecieron efusiva y sinceramente. El año pasado realicé donaciones a muchas bibliotecas y he creado y organizado otras, pero nunca me había sentido tan bien en mi vida, como cuando nos dijeron que era la primera vez que alguien se acordaba de llevarles libros para crear una biblioteca. Nos hicieron saber que se sentían queridas y nosotros les respondimos que lo hicimos por amor, porque sin conocerlas las queríamos. Una de ellas afirmó que esos libros las ayudarían a fortalecer su espíritu y a pensar en el día de su liberación. Recuerdo a una anciana, me tomó del brazo y feliz me contó que salía libre en dos días y me confesó que quería viajar, volar, irse lejos. ¿Tiene un libro de viajes? Y entonces abrí una de las cajas y allí estaba una enciclopedia con el continente europeo, se la di, tomó el libro, lo hojeó y dijo, es allí donde quiero ir. Tengo una sonrisa de satisfacción que, venga lo que venga, me durará todo el año.

     

    Los sobrevivientes

    Me quedan unos mil ejemplares que están distribuidos en varios estantes. Tengo algunas decenas de libros antiguos que no he leído nunca y que he ido comprando en los libreros de libros usados, los tengo por bibliófilo, porque no quiero que esas joyas vayan al basurero. Entre los libros que han sobrevivido a las múltiples donaciones y ataques de bichos y del clima, guardo a algunos de mis autores preferidos desde mi juventud que sigo releyendo y libros que han sido dedicados y autografiados por sus autores, especialmente bolivianos y también extranjeros, esos tienen un valor especial y los heredarán mis hijos.

    Me gusta ir a las librerías y compro libros, especialmente si están de oferta y tengo la suerte de tener amigos que siempre que viajan me traen algunos ejemplares. Puedo decir que he leído a gran parte de los autores bolivianos actuales y prueba de ello son las reseñas que hago, permanentemente, en varios periódicos nacionales. Comentarios que hago con el solo propósito de dar a conocer lo que se está escribiendo en el país y de provocar al lector para que lea también a nuestros autores.

    Mucho antes de que la Historia y las historias de los pueblos pasaran a la escritura, ya sea desde piedras, tablillas de cera, pergaminos y, por fin, al papel como lo conocemos hoy, los seres humanos las contaban de generación en generación. Así se transmitieron los mitos y las leyendas que sobreviven hasta ahora, y así se cantaban gestas como las de la Ilíada y la Odisea.

     

    El futuro de los libros

    En el año 1988, el azar, que es otro de los nombres de Dios, quiso que sea director de la Biblioteca del Congreso y creo que es el trabajo que más disfruté hasta ahora. Esta Biblioteca todavía funcionaba en la planta alta del Palacio Legislativo en un cálido ambiente, coronado por una cúpula de vidrio, con alfombras rojas y libreros de fina madera. Estar rodeado de esos libros antiguos, de enciclopedias, diccionarios, atlas geográficos y documentos valiosos como el original del Himno nacional me hacía sentir muy bien. Allí aprendí mucho sobre libros, editoriales, la calidad del papel, de las impresiones, el acabado de los mismos, la importancia de la clasificación y catalogación y otros secretos que solamente los bibliotecarios saben.

    Allí sentí y comprendí el amor que Borges sentía por las bibliotecas.

    Y me interesó tanto la historia de los libros que, años más tarde, escribí el siguiente texto: Se cuenta que en la imperial Roma de los césares había un comerciante tan rico como ignorante, de nombre Itelio, que gustaba de agasajar frecuentemente a la nobleza romana, pero como no tenía qué conversar con ellos se le ocurrió la idea de una biblioteca viva. Ordenó que 200 de sus esclavos más instruidos se aprendieran un libro cada uno y cuando se hablaba sobre un determinado tema, Itelio hacía llamar al esclavo que había leído el libro respectivo, y éste recitaba un pasaje apropiado al tema de la conversación. Pero un buen día, que hablaban animadamente sobre la Guerra de Troya, el hombre libro no pudo estar presente porque sufría de horribles dolores de estómago y el mercader tuvo que pasar, literalmente, un papelón.

    Sobre el tema de la biblioteca viva también nos habla Ray Bradbury, en su célebre novela Fahrenheit 451, llamada así porque esa es la temperatura en la que arde el papel, en la que una sociedad acosada por bomberos, que en vez de apagar incendios queman libros porque el gobierno considera que son portadores de todos los males de la humanidad, recurre al mismo método de elegir a personas que se aprenden de memoria los grandes libros para salvarlos de la hoguera.

    Desde su nacimiento como tal, es decir como libro impreso, en 1450, en la imprenta inventada por Johannes Gutenberg, siempre estuvo amenazado, primero por la censura, luego por la aparición de la radio, del cine y de la televisión y, ahora, desde la propagación de la internet han sido muchas las voces que se han alzado presagiando la desaparición definitiva del libro en formato papel, reemplazado por el libro electrónico. Ese es el tema central de la Feria del Libro de Buenos Aires del año 2012 bajo el lema "Un futuro con libros".

    Y si bien es cierto que los e-books ganan terreno cada día que pasa porque constituyen verdaderas librerías de bolsillo (yo ya tengo uno que guarda miles de títulos), al punto de amenazar con dejar a las bibliotecas convertidas en museos, también es cierto que en esta década se producen muchos más libros de papel que antes, incluidos los piratas, por supuesto. Yo creo que mientras haya lectores, el libro impreso no va a desaparecer, porque ya es un objeto de culto y lo sagrado siempre encuentra la forma de sobrevivir. El libro impreso establece una comunión entre el lector y autor, al tenerlo en sus manos el lector está poseyendo algo del alma del escritor. Ambos formatos, el de la tinta sobre el papel y de la tinta electrónica, van a convivir por muchos años. Lo terrible sería que, como afirma Hugo Correa Luna en un artículo sobre este tema, a alguien autoritario se le ocurriera averiguar a qué temperatura arden los e-books.

     

    1983 en la Plaza de Trinidad